LEER Y ESCRIBIR COMO ACTOS DE LIBERTAD
Escribir no es necesariamente un
pasatiempo: nadie se divierte mostrando al mundo sus vergüenzas, sus errores,
sus heridas.
La idea de la escritura como algo
más que sucede, que tenemos a mano como una escoba en la esquina o un artefacto
decorativo causa pavor, pues elimina la hondura de los acantilados de tiempo en
que los grafemas (los diminuntos elementos que constituyen casi todo lenguaje)
han tenido que persistir: huracanes de tiempo y espacio, olas que rebotan
contra la arisca roca, relámpagos de moho en el moho.
Nos han enseñado que escribir es
una acción (nunca intelección) siempre adecuada a la norma, a la gramática, al
orden de un pensamiento siempre superior. Por supuesto que no nos alejamos
demasiado de esa idea, en la confianza de que el lenguaje es el terreno de
nuestra cultura, y por ello su preservación es necesaria. Pero el agua se nos
muestra en gotas, en ríos tormentosos, en lagos mansos, en los ires y venires
del mar que en las mitologías fundacionales es el principio y el morir.
Entendemos los actos de escribir
y leer como posibilidad de reconocernos como somos, de comprender las fisuras
de lo que somos, con los andamiajes y las voces que nos han rodeado desde
siempre. Pero también como podríamos ser, si somos capaces de reconocer en nuestro
entorno los futuros que se nos avecinan.
Leer y escribir, pensando de esta
forma acaso dispersa, deja de ser un asunto instrumental que se encarga del
necesario vocabulario y la gramática, y se acomoda en nuestra profundidad como
humanos. Lo que quiera que esto sea.
Y de este modo, nos envía a
maneras de ser provisionales que nunca están completas, y que por ello mismo
son una búsqueda por verdades prometidas desde hace tiempo.
Esas promesas que pueden significar
la libertad.
R
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